Antes, y
me refiero a cuando nuestros padres eran pequeños, las abuelitas (sus mamás)
les daban avena, pero además también pan con mantequilla, jugo, leche y algún
jarabe para abrirles el apetito. ¿Por qué? En esa época, estar gordito era
sinónimo de estar bien alimentado… y claro ¡que mamá no quería que sus hijos
estén bien “saludables”! Este error en percepción generó mucho sobrepeso, que
no es más que la suma exagerada de calorías. Por eso se relacionó,
equivocadamente, a la avena con el sobrepeso.
Felizmente
eso cambió, nos hemos dado cuenta del peligro que acarrea el sobrepeso y lo
difícil que se hace perderlo de adulto, sin mencionar todas las enfermedades
metabólicas que surgen debido a este exceso de peso. Pero nada de esto tiene
que ver con la avena, este cereal no es culpable del sobrepeso.
Lo bueno
es que nunca es tarde para cambiar nuestros hábitos alimenticios y aprovechar
los beneficios de este maravillo cereal. Está comprobado que además de
ser un alimento energético y saludable, la avena disminuye el colesterol en la
sangre gracias al beta-glucano, posee un maravilloso antioxidante que ayuda a
prevenir las enfermedades cardiovasculares, es rica en magnesio que es un
mineral que ayuda a que las paredes por donde pasa la sangre sean flexibles y
saludables y finalmente, y todo lo contrario al mito, la avena “llena sin
engordar” gracias a su fibra especial la cual da sensación de saciedad (te
llenas comiendo poco y encima no te da hambre hasta mucho después).
¿Todavía
no te queda claro? Un ejemplo, si la analizamos calóricamente: ½ taza de avena
cocida contiene 105 calorías, agrégale ½ taza de leche descremada que
tiene 60 calorías y 1 cucharada de miel para endulzar que contiene entre 40 y
60 calorías. Tienes como resultado un plato de menos de 225
calorías con nutrientes indispensables para el organismo como carbohidratos,
fibra, proteína, calcio, hierro, vitaminas y antioxidantes, ¡que más se puede
pedir!
¡A consumir avena!



